Confío en que la solemnidad de este acto académico no se estropee si comienzo por
recordarles que son todos ustedes unos animales. Por la animalidad que ustedes y yo
compartimos, una parte nada desdeñable de nuestra vida consiste en conductas y procesos
fisiológicos idénticos o muy similares a los que hallamos por doquier en el resto del reino
animal, y que están ligados a nuestras necesidades de nutrición, cobijo, crecimiento,
reproducción y cuidado de la prole. Pero, en el gran zoológico del mundo, la rareza del
animal humano se delata tan pronto como observamos un sinfín de “animaladas” que
configuran el exclusivo patrimonio de la humanidad. ¿Conocen ustedes acaso algún otro
animal que se dedique a fabricar bombas atómicas o refinados instrumentos para torturar a
sus congéneres? ¿Y qué otros animales expresan en verso su amor o su dolor? ¿Y qué otra
especie de la fauna esculpe el mármol, obliga a la tierra a dar fruto, acaricia nerviosamente
con los pulgares la pantalla de un iPhone, juega con unos y ceros para crear programas
informáticos o manipula el material genético en el que está escrito el libro de la vida? ¿Y qué
decir de otras tantas insólitas “animaladas” humanas como la invención de esas reglas de
juego que llamamos leyes, constituciones, sistemas políticos y formas de gobierno,
destinadas en principio a organizar nuestra convivencia más allá de la mera supervivencia
animal?
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